Ana Karenina

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Lo único que le interesaba era pensar si hallarían piezas en las marismas de Volpino, si «Laska» se portaría bien o no en comparación con «Krak», y si él mismo tendría buena puntería. ¿Cómo arreglarse para quedar bien ante un invitado nuevo? ¿Se mostraría Oblonsky mejor cazador que él? Tales eran los pensamientos que le ocupaban en aquel momento.

Oblonsky, sintiendo lo mismo, iba taciturno también. Sólo Veselovsky hablaba alegremente sin cesar.

Escuchándole, Levin se avergonzaba de lo injusto que había sido el día antes con él. Vaseñka era un buen muchacho, sencillo, bondadoso y muy jovial. Si Levin le hubiera conocido de soltero, de seguro que los dos habrían sido buenos amigos.

Cierto que a Levin le contrariaba algo su modo despreocupado de considerar la vida y su elegancia un poco desenvuelta. Parecía concederse una especial importancia por el hecho de tener largas uñas y llevar una gorrita escocesa y por lo demás que le distinguía. Pero todo podía perdonársele por su simplicidad y honradez.

Levin admiraba además su buena educación, su excelente pronunciación francesa a inglesa y su elegancia mundana.

Vaseñka, entusiasmado con el caballo del Don que corría al lado izquierdo, lo elogiaba sin cesar.

–¡Qué hermoso sería montar un caballo de la estepa y galopar por ella! ¿Verdad? –decía.


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