Ana Karenina
Ana Karenina Y, aunque de manera imprecisa, se veía ya cabalgando por la estepa sobre aquel caballo, en una carrera salvaje y poética.
Además de su buen porte, agradable presencia y de la gracia de sus ademanes, resultaba atractiva su ingenuidad. Bien porque su carácter fuera realmente simpático a Levin, o porque éste quisiera hoy encontrarlo todo bueno en Vaseñka para redimir su falta de anoche, el caso era que Levin esta mañana se sentía a gusto con él.
Cuando habían recorrido unas tres verstas, Vaseñka reparó en que no tenía sus cigarros ni su billetero; ignoraba si los había dejado sobre la mesa o los había perdido. El billetero contenía trescientos setenta rublos, y, dada la importancia de la suma, Vaseñka deseaba asegurarse de que no lo había perdido.
–Oiga, Levin. ¿Podría llegarme a casa en un momento montando en ese caballo de la izquierda? ¡Sería admirable! –dijo, preparándose ya a cabalgar.
–No. ¿Para qué? –repuso Levin, calculando que Vaseñka debía pesar lo menos seis puds–. Que vaya el cochero.
El cochero se fue montado a buscar el billetero y los cigarros y Levin tomó en sus manos las riendas.