Ana Karenina

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De pronto los caballos se encabritaron, lanzándose a correr; Levin dio con la cabeza contra el cañón de una de las escopetas, y en aquel momento le pareció oír un disparo. Pero, en realidad, el disparo se había producido antes.

Lo sucedido fue que Vaseñka, había olvidado bajar uno de los gatillos, que se disparó. La carga fue, afortunadamente, a dar en tierra sin herir a nadie.

Oblonsky meneó la cabeza y miro con reproche a Veselovsky, aunque riendo, pero Levin no tuvo valor para decirle nada, especialmente porque cualquier reproche habría parecido motivado por el riesgo que había corrido y por el bulto que el choque con el arma le había producido en la frente.

Veselovsky se mostró al principio sinceramente disgustado, pero luego rió de la alarma de tan buena gana, y tan contagiosamente, que Levin no pudo tampoco contener la risa.

Al llegar a las marismas de más allá, que por ser bastante grandes debían entretenerles cierto tiempo, Levin trató de nuevo de persuadirles de que no, pero Veselovsky se empeñó en detenerse también aquí.

El lugar era angosto y Levin, como buen huésped, volvió a quedarse con los coches.


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