Ana Karenina

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Apenas se detuvieron, los perros, corriendo a porfía, se dirigieron hacia el pantano.

–¡«Krak», «Laska»!

Los perros regresaron.

–Para los tres habrá poco espacio. Me quedaré aquí dijo Levin, confiando en que sus amigos no hallarían más que las cercetas que se habían remontado asustadas por los perros, y volaban, con su vuelo balanceante, graznando lúgubremente sobre las marismas.

–No, Levin, vayamos juntos –insistió Veselovsky.

–Les aseguro que estaremos aprestados. ¡Ven, «Laska» ! ¿Necesitan el otro perro?

Levin permaneció junto al charabán, mirando con envidia a los cazadores. Uno y otro recorrieron todo el cazadero, pero excepto una fúlica y varias cercetas, una de las cuales mató Vaseñka, no había nada.

–Ya han visto que no trataba de ocultarles el lugar –dijo Levin–. Ya sabía yo que era perder el tiempo.

–De todos modos nos hemos divertido –repuso Vaseñka, subiendo torpemente al charabán, con el arma y la cerceta en la mano–. ¿La he alcanzado bien, verdad? ¿Falta todavía mucho para llegar al pantano?


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