Ana Karenina

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–Bon appétit, bonne conscience! Ce poulet va tomber jusqu'aufond de mes bottes ! –dijo Vaseñka, ya alegre de nuevo, al concluir el segundo pollo–. Nuestras desventuras han terminado y todo marchará por buen camino. Pero, como debo ser castigado por mis culpas, me sentaré en el pescante. ¿Verdad? Aunque no soy Automedonte, verá qué bien les llevo –insistió, cuando Levin le pidió que dejara las riendas al cochero–. No, no. Debo pagar mi culpa. ¡Voy muy bien en el pescante!

Y lanzó los caballos al galope.

Levin temía que Vaseñka fatigase a los caballos, sobre todo al rojizo de la izquierda, al que el joven no sabía guiar, pero involuntariamente se plegó a su jovialidad escuchando las canciones que, en el pescante, fue cantando durante todo el camino, oyéndole contar cosas divertidas, escuchando sus explicaciones sobre la manera de guiar, a la inglesa four–in–hand.

Sintiéndose en la mejor disposición de ánimo deseable, llegaron los cuatro a las grandes marismas de Grozdevo.

 


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