Ana Karenina
Ana Karenina Y al volverse vio con placer que Vaseñka, encorvándose y tropezando con sus cansados pies, y llevando el fusil a brazo, salÃa del carrizal para acercarse a los labriegos,
–¡Ven tú también! –llamó el campesino a Levin–. Te daremos empanada.
Levin dudó por un momento. Comenzó a andar hundiendo los pies en el fango, pues se sentÃa fatigado y apenas los podÃa levantar. Con gusto se habrÃa comido, sin embargo, un pedazo de pan y se habrÃa bebido detrás un vaso de vodka. Pero en aquel momento su perro se detuvo y Levin sintió que su cansancio desaparecÃa de repente, y a paso ligero se dirigió a su encuentro.
A sus pies se alzó una chocha. Disparó y la mató, pero el perro seguÃa inmóvil. Apenas tuvo tiempo de azuzarle, cuando de los mismos pies del animal voló otra chocha. Levin hizo fuego. Pero el dÃa era poco afortunado. Erró el tiro, y al ir a buscar el ave muerta tampoco la halló.
Recorrió el carrizal de arriba abajo, pero sin fruto. «Laska» no creÃa que su amo hubiese matado al animal y, cuando le mandaba que lo buscase, fingÃa hacerlo, pero en realidad no buscaba nada.
De modo que tampoco sin Vaseñka, al que Levin achacaba su mala suerte, iba la cosa mejor. Aunque aquà habÃa también muchas becadas, Levin erraba lastimosamente tiro tras tiro.