Ana Karenina
Ana Karenina Aunque en la parte sin guadañar habÃa menos probabilidades de hallar caza que en la segada, Levin, habiendo convenido con Oblonsky en encontrarse, siguió adelante con su compañero.
–¡Eh! ¡Cazadores! –gritó un campesino que se sentaba junto a un carro desenganchado–. ¡Vengan a comer con nosotros, que tenemos buen vino!
Levin volvió la cabeza.
–¡Vengan! ¡Vengan! –gritó alegremente otro labriego barbudo, de colorado rostro, mostrando al sonreÃr sus blancos dientes y alzando en el aire una verdosa botella que brillaba al sol.
–Qu'est–ce qu'ils disent ? –preguntó Veselovsky.
–Nos convidan a beber vodka. Seguramente han hecho hoy el reparto del heno… Yo beberÃa con gusto –dijo Levin no sin malicia, mirando a su compañero y esperando que éste se sintiera seducido por el vodka y quisiera ir.
–¿Y por qué nos convidan?
–Ya ve: son buena gente… Vaya, vaya. Le divertirá.
–Allons, c'est curieux …
–Vaya; encontrará allà el sendero que lleva al molino exclamó Levin.