Ana Karenina
Ana Karenina –¿Qué, pues? ¿Iremos hoy a buscar setas? –preguntó Dolly.
–Vamos… Yo también iré –dijo Kitty.
Kitty habrÃa preguntado a Vaseñka si él iba también. No hizo la pregunta, pero sólo con pensarlo se ruborizó.
En aquel momento Levin pasó a su lado con andar decidido.
–¿Adónde vas, Kostia? –le preguntó, intranquila, a su marido.
La expresión culpable de Kitty confirmó a Levin sus sospechas.
Contestó desabridamente, sin mirar siquiera a su esposa.
–En mi ausencia llegó el mecánico alemán y todavÃa no le he visto.
Bajó al piso inferior y aun no habÃa salido de su gabinete, cuando oyó los pasos, tan conocidos por él, de Kitty, que iba rápidamente a su encuentro.
–¿Qué quieres? –preguntó Levin–. Este señor y yo estamos ocupados.
–Perdone usted –dijo ella al mecánico–, necesito decir algunas palabras a mi marido.
El alemán quiso salir, pero Levin le contuvo:
–No se moleste.
–El tren sale a las tres –objetó el otro–. Temo no poder llegar a tiempo.