Ana Karenina
Ana Karenina Levin no le contestó y salió de la estancia en unión de Kitty.
–¿Qué tienes que decirme? –preguntó a ésta en francés y sin mirarla.
Kitty sentÃa un temblor irresistible en todo su cuerpo; tenÃa lÃvido el semblante; y en general, un aspecto lamentable de abatimiento.
Levin lo presentÃa y no querÃa verlo.
–Quiero decir… quiero decirte –balbuceó ella–. Quiero decir que asÃ… asà es imposible… imposible vivir. Que esto es un martirio…
–No hagas escenas aquà –le atajó Levin con irritación–. Puede venir gente…
Estaban, efectivamente, en una habitación de paso. Kitty quiso entrar en la contigua, pero allà estaba la inglesa dando lección a Tania.
–Salgamos al jardÃn –propuso, en vista de ello.
En el jardÃn hallaron al campesino que cuidaba de él y que estaba limpiando el sendero. Sin tener en cuenta ya que el jardinero le veÃa, que ella lloraba y él estaba conmovido y los dos tenÃan aspecto de sufrir una gran desgracia, siguieron adelante, rápidos. Sólo pensaban en que necesitaban darse explicaciones, de disuadirse mutuamente y de este modo librarse del martirio que ambos experimentaban.