Ana Karenina
Ana Karenina –Asà es imposible vivir. Yo sufro, tú sufres… ¿Y por qué? ––dijo Kitty cuando, al fin, se hubieron sentado en un banco solitario, en un rincón del paseo de los tilos.
–Dime una cosa –replicó Levin, poniéndose delante de ella en la misma forma que la noche anterior: los puños crispados, apretados contra el pecho, las piernas abiertas, erguidos el torso y la cabeza, la mirada muy fija en los ojos de su mujer–. ¿No habÃa en su postura, en su tono, algo inconveniente, impuro, humillante para mÃ? Dime la verdad.
–HabÃa –confesó Kitty, con voz temblorosa–. Pero Kostia –se disculpó–, ¿qué puedo hacer yo? Esta mañana quise tomar otro tono; pero ese hombre… ¿Para qué habrá venido? –añadió entre sollozos que sacudÃan todo su cuerpo, que ya iba abultándose por el embarazo–. ¡Tan felices que éramos!
El jardinero pudo observar, con sorpresa, cómo primero iban los dos presurosos, aunque nadie los perseguÃa, y cariacontecidos y que, luego, cuando nada particularmente alegre podÃan haber encontrado en aquel banco, volvÃan con rostros tranquilos y hasta radiantes.