Ana Karenina
Ana Karenina Daria Alejandrovna miró, en efecto, a la chiquilla y ésta, llorando, vino a refugiarse en el regazo de su madre. Dolly le puso su mano, delgada y fina, suavemente, cariñosamente, sobre la cabeza y la acarició con dulzura.
Levin salió pensando: «¿Qué tenemos en común con él?». Y se dirigió resuelto, derechamente, a buscar a Veselovsky.
Al llegar al vestÃbulo, dio orden de enganchar el landolé para ir a la estación.
–Ayer se rompió el muelle ––contestó el lacayo.
–Entonces, otro coche corriente. Pero, pronto… ¿Dónde está el invitado?
Levin encontró a Vaseñka en el momento en que éste, habiendo sacado de su baúl las cosas, se probaba las polainas de montar.
Ya fuera que en el rostro de Levin hubiera algo especial o bien que el mismo Vaseñka hubiese comprendido que ce petit brin de cour que habÃa emprendido resultaba inoportuno en aquella familia, lo cierto es que la entrada de Levin en la habitación le conturbó, tanto como es posible en un hombre del gran mundo.
–¿Usted monta con polainas? –le preguntó Levin.