Ana Karenina

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–No sólo yo, sino también Stiva lo observó. En seguida, después del té, me dijo: Je crois que Veselovsky fait un petit brin de cour à Kitty .

–Está bien, ya estoy tranquilo. Voy a echarle en seguida de casa.

–¿Qué dices? ¿Estás loco? –clamó Dolly, horrorizada–. Vamos, Kostia, serénate –le suplicó. Luego, dirigiéndose a la chiquilla, riéndose, le dijo–: Ahora puedes ir con Fanny. –Y añadió a Levin–: No. Si quieres, voy a hablar con Stiva. Él se lo llevará de aquí. Le puedo decir que estás esperando invitados… que no conviene para nuestra casa…

–No, no. Quiero decírselo yo.

–Pero, ¿vas a reñir con él?

–No será nada trágico; al contrario, me divertiré. De verdad. Sí, sí, será muy divertido –aseguró, los ojos brillantes entre alegres y amenazadores.

–Ahora –defendió a la chiquilla– has de perdonar a la pequeña criminal.

La culpable les miró y quedó indecisa, baja la cabeza, mirando de reojo a su madre, buscando su mirada.


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