Ana Karenina
Ana Karenina –Pero veo que tú también estás disgustado –advirtió Dolly–. ¿Por qué has venido? –le preguntó–. ¿Qué pasa en el salón?
Por el tono de las preguntas comprendió Levin que le serÃa fácil decir a Dolly lo que querÃa.
–No estuve allÃ, en el salón –explicó–. He estado en el jardÃn, hablando a solas con Kitty… Hemos reñido otra vez, ya la segunda desde que vino Stiva.
Dolly le miró con sus ojos inteligentes y comprensivos.
–Y dime, con la mano puesta en el corazón –continuó Levin–, ¿no habÃa… no en Kitty, no, pero sà en este señor… un tono que puede ser desagradable y hasta ofensivo para el marido?
–¿Cómo te diré… ? –dudó Daria Alejandrovna–. Quédate en el rincón –ordenó a Macha, la cual, al observar una sonrisa en el rostro de su madre, se habÃa vuelto–. En el ambiente del gran mundo –siguió Dolly diciendo a Levin– es asà como se comporta toda la juventud; a una mujer joven y linda hay que hacerle la corte, y el marido mundano debe, además, estar contento del éxito de su mujer.
–SÃ, sà –comentó Levin sombrÃo–. Pero, ¿tú lo has observado?