Ana Karenina

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–Su estancia aquí es para mí, ofensiva y penosa (y no por culpa mía). Yo no sé por qué deba sufrir…

–Pues yo no esperaba esto de tu parte. On peut être jaloux, mais à ce point c'est du dernier ridicule!

Levin dio rápidamente media vuelta y se marchó al fondo del jardín, donde continuó, solo, sus paseos.

No tardó en oír el ruido de la tartana, y, entre los árboles, vio cómo Vaseñka, sentado sobre un montón de heno (por desgracia la tartana no tenía el asiento bien arreglado) con su gorra escocesa encasquetada, bamboleándose por el traqueteo del coche al cruzar los baches o salvar piedras, se alejaba por la avenida.

Luego vio que el lacayo salía corriendo de la casa y paraba el carruaje.

–¿Qué sucederá?, pensó Levin.

Se trataba del mecánico alemán, del cual él se había olvidado por completo.

El mecánico, tras muchos saludos, dijo algo a Veselovsky, subió a la tartana y ésta siguió con los dos viajeros.


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