Ana Karenina

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Seguramente el aspecto de aquellos fornidos brazos, de los músculos en fuerte tensión, la decisión que denotaban los ojos brillantes, la tranquilidad y seguridad de la voz, pausada y serena, convencieron a Vaseñka más que las palabras. Así, se encogió de hombros, sonrió con desdén y sólo dijo:

–¿Podré ver a Oblonsky?

–Le mandaré aquí ahora mismo.

–¡Qué idiotas! –comentó Esteban Arkadievich al contarle su amigo que le echaban de la casa; y, habiendo encontrado a Levin en el jardín, donde aquél se paseaba en espera de ver la salida de su huésped, le dijo: –Mais c'est ridicule ! ¿Qué mosca te ha picado? Mais c'est du demier ridicule ! Qué tiene de particular que un joven…

Pero el punto en el cual la mosca había picado a Levin todavía dolía, sin duda, porque éste palideció de nuevo y replicó rápidamente:

–Por favor, no me digas nada. No puedo hacer otra cosa. Siento mucha vergüenza ante ti y ante él. Pero pienso que para él no será una gran pena marcharse y, en cambio, su presencia nos es desagradable a mi mujer y a mí.

–Pero esto es ofensivo para él. Et puis c'est ridicule .


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