Ana Karenina
Ana Karenina –A la estación del ferrocarril –contestó Levin, sombrÃo y arrancando pedacitos de madera al bastón.
–¿Se marcha usted? ¿Ha pasado algo?
–Resulta que estoy esperando a unos invitados –pronunció Levin con energÃa. Y rápidamente, a la vez que arrancaba más pedacitos de madera del bastón con las puntas de sus fuertes dedos, siguió –: No, no espero invitado alguno ni ha pasado nada; pero le pido que se marche de aquà sin tardanza… Usted puede explicarse como quiera mi escasa cortesÃa.
Vaseñka se irguió, altivo, habiendo comprendido al fin.
–Pero yo le pido a usted una explicación –dijo, con acento fume.
–No puedo explicarle nada –replicó Levin tranquila y lentamente, reprimiendo el temblor de sus pómulos–. Mejor será para usted no preguntarme.
Y como habÃa acabado de desgajar los pedazos de bastón que ya estaban tronchados, Levin agarró los extremos del trozo que quedaba y, aunque resistente, lo rompió también en pedacitos. Por último, cogió al vuelo una astilla que caÃa al suelo.