Ana Karenina

Ana Karenina

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–¡Qué contenta estoy de que hayas venido! Háblame de los tuyos. A Stiva le he visto aquí, de paso. Pero él no sabe decir nada de los niños. ¿Cómo está mi querida Tania? Me figuro que estará ya muy crecida.

–Sí, es ya muy mayor ––contestó Daria Alejandrovna cortamente, con frialdad sin saber por qué, al extremo de que ella misma se extrañaba de hablar así de sus hijos–. Vivimos muy bien en la casa de los Levin –siguió explicando.

–Pues si hubiera sabido –dijo Ana– que no me despreciabais… podíais haber venido todos aquí. Stiva es un buen y viejo amigo de Alexey.

De repente, algo confusa, se ruborizó.

–Es la alegría de verte la que me hace decir todas estas necedades –siguió–. En verdad, queridita, estoy muy contenta de verte (y besaba a Dolly). No me has dicho todavía lo que piensas de mí y quiero saberlo. Pero estoy contenta de que me veas así, tal como soy. Lo que principalmente deseo es que no piensen que quiero demostrar algo. No quiero demostrar nada: solamente quiero vivir. No quiero mal a nadie, excepto a mí misma… A esto tengo derecho, ¿verdad? De todos modos, éste es tema para una conversación muy larga; luego hablaremos de todo ello. Ahora voy a vestirme. Te mandaré la muchacha.

 


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