Ana Karenina
Ana Karenina –Pardon, j'en ai tout plein les poches –contestó éste, sonriendo, a introduciendo los dedos en los bolsillos del chaleco.
–Pero ha llegado usted demasiado tarde –insistió Ana, secándose la mano derecha, que el caballo le habÃa llenado de baba al tomar el azúcar–. ¿Y por cuánto tiempo has venido? –preguntó a Dolly–. ¿Por un dÃa? Eso es imposible.
–Asà lo he prometido. Además, los niños… –quiso explicar Daria Alejandrovna.
–No, Dolly, queridita. Bueno, ya lo veremos… Vamos, vamos.
Y Ana llevó a su cuñada a la alcoba que le destinaban.
No tenÃa aquella habitación la solemnidad que Vronsky habÃa propuesto, y Ana se creyó obligada a excusarse por no proporcionarle otra mejor, y no obstante, estaba amueblada con un lujo que Dolly no habÃa visto en parte alguna y que le recordaba las de los mejores hoteles del extranjero.
Ana llevaba todavÃa puesto su traje de amazona. Dolly no habÃa recompuesto aún su rostro, fatigado, cubierto de polvo por el viaje. Pero charlaban animadamente.