Ana Karenina

Ana Karenina

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Entraron en un camino cubierto de grava menuda, al borde del cual dos jardineros iban colocando piedras huecas para formar con flores, tiestos rústicos, vistosos, que adornaran el paseo.

El coche se paró a la entrada de la casa, bajo un gran pórtico, al pie de una escalinata.

–¡Mira! Ellos ya han llegado –dijo Ana, viendo allí los caballos que montaban sus compañeros de paseo–. ¿Verdad que este caballo es magnífico? Es «Kol», mi preferido. Llévenlo de aquí y dénle azúcar. ¿Dónde está el Conde? –preguntó a dos lacayos que, vestidos de lujosos uniformes, salieron presurosamente a su encuentro–. ¡Ah! Está aquí –se contestó, al ver a Vronsky y Veselovsky, que venían hacia ellas.

–¿Dónde piensas alojar a la Princesa? –preguntó Vronsky, en francés, a Ana. Y, sin esperar contestación, saludó una vez más a Dolly, besándole la mano y dijo–: Creo que lo mejor sería instalarla en la habitación grande, la del balcón.

–¡Oh, no! Eso sería demasiado lejos –objetó Ana, a la vez que daba a su caballo el azúcar traído por un criado–. Mejor será –añadió– en la habitación del ángulo. Así estaremos más cerca. Vamos –instó a Daria Alejandrovna, cogiéndola del brazo–. Et vous oubliez votre devoir –dijo a Veselovsky, el cual también había salido a la escalinata.


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