Ana Karenina
Ana Karenina Ana hablaba con aquella sonrisa y alegrÃa con las que hablan las mujeres de los secretos que sólo ellas conocen o de las cualidades del hombre amado.
–¿Ves esta gran construcción? Es el nuevo hospital. Calculo que costará más de cien mil rublos. En estos momentos es su dada. ¿Y sabes por qué lo hace? Los campesinos le pidieron que les rebajase el arriendo de unos prados; él se negó a ello; yo se lo reproché, llamándole avariento y entonces él, para demostrar que no se negaba a aquella pretensión por avaricia, sino por no considerarla justa, comenzó este hospital que, como digo, le costará una buena cantidad. Si quieres, esto c'est une petitesse ; pero, después de esto, le quiero más. Ahora verás la casa –siguió–. Es la de sus abuelos y está por fuera tal y como se la dejaron, pues Vronsky no quiere hacer en ella cambio alguno.
–¡Es soberbia! –exclamó Dolly, viendo la casa, grande, pero bien proporcionada en sus tres dimensiones, en sus huecos; con esbeltas columnas y otros bellos adornos; y que resaltaba, con aspecto grandioso, entre el verdor, de diferentes matices, de los árboles del jardÃn.
–¿Verdad que es bonita? Y desde arriba tiene unas vistas maravillosas.