Ana Karenina

Ana Karenina

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Nunca pensaba en la posibilidad del matrimonio. No sólo no le interesaba la vida del hogar, sino que en la familia, y sobre todo en el papel de marido, de acuerdo con la opinión del círculo de solterones en que se movía, veía algo ajeno, hostil y, sobre todo, un tanto ridículo.

No obstante ignorar la conversación de los padres de Kitty, aquella noche, de regreso de casa de los Scherbazky, sentía la impresión de que el lazo espiritual que le unía con Kitty se había estrechado más aún y que había que buscar algo más profundo, aunque no sabía a punto fijo qué.

Mientras se dirigía a su casa, experimentando una sensación de pureza y suavidad debida en parte a no haber fumado en toda la noche y en parte a la dulce impresión que el amor de Kitty le producía, iba diciéndose:

«Lo más agradable es que sin habernos dicho nada, sin que haya nada entre los dos, nos hayamos comprendido tan bien con esa muda conversación de las miradas y las insinuaciones. Hoy Kitty me ha dicho más elocuentemente que nunca que me qùiere. ¡Y lo ha hecho con tanta sencillez y sobre todo con tanta confianza! Me siento mejor, más puro, siento que tengo corazón y que en mí hay mucho de bueno.


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