Ana Karenina

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Con Vronsky experimentaba un sentimiento parecido a lo que sentía ante la camarera a causa de su blusita vieja. No era que se avergonzara ante la doncella, pero sentía que ésta advirtiera sus remiendos. Tampoco con Vronsky se avergonzaba, pero se sentía molesta por ella misma.

Ahora, confusa, buscaba un tema de conversación. A pesar de que consideraba que a causa de su orgullo habrían de serle desagradables los elogios de su casa y del jardín, no encontrando otro tema mejor, le dijo que le había gustado la casa.

–Sí, es una bonita construcción, de buena arquitectura antigua –dijo Vronsky satisfecho por la alabanza.

–Me ha gustado, también, mucho el jardín. ¿Estaba antes así, delante de la casa? –continuó Daria Alejandrovna.

–¡Oh, no! –contestó Alexey.

Su rostro se iluminó de placer.

–¡Si hubiese usted visto esto en primavera! –indicó.

Luego atrajo su atención sobre los diferentes detalles que adornaban la casa y el jardín.

Hablaba y mostraba aquello con verdadera emoción.


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