Ana Karenina
Ana Karenina Se adivinaba que, habiendo consagrado mucho trabajo, tiempo y dinero a arreglar y adornar su finca, Vronsky sentÃa necesidad de hablar de ello, y que le alegraban el alma las alabanzas que Daria Alejandrovna le prodigaba.
Si quiere ver el hospital y no está usted cansada… No está lejos… ¿Vamos? –propuso tras mirar el rostro de Dolly y ver que no denotaba cansancio ni aburrimiento.
Daria Alejandrovna aceptó de buen grado.
–Ana, ¿tú vendrás también? –preguntó Vronsky a Ana.
–Vamos, ¿no? –consultó Ana a Sviajsky–. Pero será necesario avisar –añadió– a Veselovsky y Tuchkovich, para que no estén los pobres preparando inútilmente la barca. Es un monumento –dijo a Dolly con aquella astuta sonrisa con la que antes le hablara del hospital.
–¡Oh! Es una obra capital –comentó Sviajsky.
Y, para que no pareciera que adulaba a Vronsky, en seguida hizo una observación que podÃa contener una ligera censura.
–Sin embargo, Conde –le dijo– me sorprende que haciendo tanto por el pueblo en sentido sanitario, se muestre tan indiferente por las escuelas.