Ana Karenina
Ana Karenina –C'est devenu tellement commun, les écoles ! –replicó Vronsky–. Pero no es sólo por este motivo, sino porque me he ido entusiasmando con la idea. Es por aquà –indicó a Daria Alejandrovna indicándole la salida lateral del paseo.
Las señoras abrieron sus sombrillas y, después de unas cuantas vueltas, salieron a un sendero que corrÃa por el lÃmite de la finca.
Al salir de la puertecilla, Daria Alejandrovna vio ante ella, sobre un altozano, una construcción grande, roja, de forma caprichosa, casi ya terminada, cuyo tejado, de zinc, sin pintar brillaba todavÃa al sol.
Al lado de aquella construcción ya acabada se estaba levantando otra.
Subidos sobre los andamios, los obreros vertÃan masa de los cubos, las alisaban con las paletas o ponÃan ladrillos.
–¡Qué rápidas van las obras! –dijo Sviajsky. Cuando estuve aquà la última vez no habÃa techo todavÃa.
–En otoño estará terminado. En el interior está ya listo casi todo –explicó Ana.
–Y esta nueva construcción, ¿qué es?
–Son los locales destinados para el médico y la farmacia ––contestó Vronsky.