Ana Karenina

Ana Karenina

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–Esto no es una casa de maternidad: es un hospital y está destinado sólo a enfermedades. Eso sí, para todas, excepto las contagiosas ––explicó luego–. ¿Y esto? Mírelo –siguió, haciendo rodar hacia Daria Alejandrovna una butaca que acababa de recibir, para los convalecientes–. Mírelo solamente –insistió. Y se sentó en la butaca y la puso en movimiento–. El enfermo –dijo– no puede andar, está débil aún, tiene los pies en cura o simplemente doloridos; pero le es necesario tornar el aire. Pues bien: con esto puede moverse, pasear, dirigirse a donde quiera.

Daria Alejandrovna se interesaba por todo. Todo le gustaba; y más que nada el propio Vronsky, con su animación tan natural a ingenua.

«Sí, es un hombre bueno, simpático», pensaba Dolly, a veces sin escucharle, pero mirándole, observando la expresión de su rostro. Y mentalmente se ponía en el lugar de Ana y comprendía que ésta hubiera podido enamorarse de él.

 

 


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