Ana Karenina
Ana Karenina
–No. Pienso que la Princesa está cansada y que los caballos no le interesan ––dijo Vronsky a Ana, que propuso ir a las cuadras, pues Sviajsky querÃa ver el nuevo patio allà habilitado–. Vayan ustedes y yo acompañaré a casa a la Princesa. Asà charlaremos por el camino. Digo, si quiere usted –consultó a Dolly.
–No entiendo nada de caballos y con mucho gusto iré con usted –contestó Dolly algo sorprendida porque, por el rostro de Vronsky y su tono, adivinó que querÃa algo de ella.
No se equivocó. Apenas entraron en el jardÃn, después de haber atravesado la verja, Vronsky miró hacia donde se habÃan ido Ana y Sviajsky y, seguro de que aquéllos no podÃan oÃrle ni verles, le dijo sonriendo y con mirar animado:
–Habrá usted adivinado ya que querÃa hablar con Vd. reservadamente. No creo equivocarme pensando que es usted una verdadera amiga de Ana.
Se quitó el sombrero y se secó, con el pañuelo, la incipiente calva.