Ana Karenina
Ana Karenina Daria Alejandrovna miró interrogativamente y con timidez el rostro enérgico de Vronsky, el cual en algunos momentos aparecÃa radiante, iluminado, parcial o totalmente, por los rayos de sol que pasaban entre los tilos y, en otros, de nuevo en la sombra, adquirÃa tonos duros. Esperaba que el Conde explicara qué era lo que querÃa de ella, en qué le habÃa de ayudar, pero éste calló y siguió andando en silencio, mientras jugueteaba con el bastón levantando piedrecitas de las que cubrÃan el paseo.
Al cabo de largo rato, le dijo:
–Usted ha venido a nuestra casa. Usted es la única de entre las antiguas amigas de Ana que lo ha hecho. No cuento a la princesa Bárbara, que lo ha hecho por otros motivos, no: ella ha venido a buscar comodidad, placeres, y usted ha venido, no porque considere normal nuestra situación actual, sino porque quiere a Ana como siempre y desea ayudarla… ¿Lo he comprendido bien? Y miraba interrogativamente a Dolly.
–¡Oh, sÃ! –dijo Daria Alejandrovna cerrando su sombrilla– pero…