Ana Karenina
Ana Karenina –No… –le interrumpió Vronsky, y olvidando que, de aquel modo, dejaba en mala situación a su interlocutora, se detuvo y la obligó a detenerse también–. Nadie siente mejor que yo ni más profundamente lo terrible de la situación de Ana… Lo comprenderá usted si me hace el honor de considerarme hombre de corazón. ¡Soy la causa de esta situación y lo siento en el alma!
–Lo comprendo –dijo Daria Alejandrovna, admirando con cuánta sinceridad y firmeza habÃa dicho Vronsky aquellas palabras–. Pero precisamente por ser la causa de todo esto –añadió Dolly– usted exagera sin duda. Temo yo que… Su posición es muy delicada en el mundo, lo comprendo.
–¡El mundo es un infierno! –dijo Vronsky frunciendo las cejas sombrÃo–. Imposible imaginarse los sufrimientos morales que ha tenido ella que pasar en San Petersburgo en dos semanas. Le pido que me crea…
–SÃ, pero desde que están ustedes aquÃ, y mientras ni usted ni Ana sientan la necesidad de la vida mundana…
–¡La vida mundana! –dijo Vronsky con desdén–. ¿Qué necesidad puedo tener yo de esa vida?
–Entre tanto, ustedes son felices y están tranquilos. Y es muy posible que sea siempre asÃ. En cuanto a Ana, es feliz, completamente feliz. Ha encontrado ya el tiempo de decÃrmelo.