Ana Karenina
Ana Karenina –Emplee su influencia en ello, convénzala de que escriba esa carta… Yo no quiero ni casi puedo hablarle de ello.
–Bien. Lo haré, lo haré. Pero, ¿cómo es que ella misma no lo piensa? –preguntó Daria Alejandrovna recordando de repente la extraña costumbre que habÃa adquirido Ana de fruncir las cejas. Y advirtió que este gesto lo habÃa hecho precisamente cuando su conversación tocaba estos temas, tan sagrados para ella. «Dijérase que cierra los ojos», pensó Dolly, «para no ver su propia vida».
–Hablaré con ella sin falta –prometió firmemente Daria Alejandrovna.
Vronsky, hondamente conmovido, con mirada significativa y un fuerte apretón de manos, le expresó su agradecimiento.
Se levantaron y se dirigieron a la casa.