Ana Karenina
Ana Karenina –Bien. Esto precisamente me lleva al fin que persigue esta conversación –contestó Vronsky, calmándose con un esfuerzo–. Esto depende de Ana. El marido de ella estaba conforme con el divorcio; tanto, que el de usted casi nos arregló el asunto. Ahora estoy seguro de que no se negarÃa, tampoco, a hacerlo. Sólo hace falta que le escriba Ana. En aquel tiempo, él dijo clara y terminantemente que, si ella le decÃa que querÃa el divorcio, él no se opondrÃa. Se comprende –dijo Vronsky, sombrÃo–: es una de esas crueldades farisaicas de las cuales sólo es capaz la gente de sus sentimientos. Él sabe lo penoso que es para Ana todo recuerdo suyo y, conociendo esto, le exige una carta. Comprendo que para ella eso ha de ser muy doloroso. Pero los motivos son tan importantes que es preciso passer par dessus toutes ces fineses de sentiments. Il y va du bonheur et de l'existence d'Anne et de ses enfants . No hablo de mÃ, aunque sufro, sufro mucho –y Vronsky, con los puños crispados, los ojos centelleantes, hizo un gesto amenazador a alguien causante de tales sufrimientos–. AsÃ, Princesa, me agarro a usted como a un áncora de salvación. Ayúdeme a convencer a Ana para que escriba esa carta a su marido pidiéndole que acceda al divorcio.
–SÃ, lo haré de buen grado –balbuceó Daria Alejandrovna, pensativa, recordando su último encuentro con Alexey Alejandrovich–. SÃ, está claro –añadió con decisión, recordando a Ana.