Ana Karenina

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Daría Alejandrovna creyó que en este punto de su explicación, Vronsky se confundía, se alejaba del tema principal de la conversación. No comprendía bien el sentido de lo que le decía. Vronsky había empezado a hablar de sus más sagrados sentimientos y preocupaciones –de Ana, de sus hijos, de la imposibilidad de tratar todo esto con ella–; ahora trataba de sus actividades en el pueblo, resultando que esta cuestión formaba parte, también, al igual que las relaciones con Ana, de sus íntimos pensamientos.

Él, recobrándose, continuó:

–Lo principal, trabajando así, es estar convencido de que la obra no va a morir con uno, que tendrá herederos. Y, precisamente, esto es lo que yo no tengo. Imagínese usted la situación del hombre que sabe que los hijos suyos y de la mujer amada legalmente no serán sus hijos, sino que aparecerán como hijos de otro; y hasta en este caso, precisamente de aquél que les odia, que no quiere saber… ¡Es terrible!

Vronsky calló de nuevo, visiblemente conmovido.

–Sí… Claro que lo comprendo. Pero, ¿qué puede hacer Ana? –dijo Daria Alejandrovna.


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