Ana Karenina
Ana Karenina –Honni soit qui mal y pense! Espero a mi hermana Ana.
–¡Ah, la Karenina! –observó Vronsky.
–¿La conoces?
–Creo que sÃ. Es decir, no… Verdaderamente, no recuerdo… –contestó Vronsky distraÃdamente, relacionándo vagamente aquel apellido, Karenina, con algo aburrido y afectado.
–Pero seguramente conoces a mi célebre cuñado Alexis Alejandrovich. ¡Le conoce todo el mundo!
–Le conozco de nombre y de vista… Sé que es muy sabio, muy inteligente, ¡casi un santo! Pero ya comprenderás que él y yo no frecuentamos los mismos sitios. Él is not in my line –dijo Vronsky.
–Es un hombre notable. Demasiado conservador, pero es una excelente persona –comentó Esteban Arkadievich–. ¡Una excelente persona!
–Mejor para él –repuso Vronsky, sonriendo–. ¡Ah, estás ahÃ! –dijo, dirigiéndose al alto y anciano criado de su madre–. Entra, entra…
Desde hacÃa algún tiempo, aparte de la simpatÃa natural que experimentaba por Oblonsky, venÃa sintiendo una atracción especial hacia él: le parecÃa que su parentesco con Kitty les ligaba más.
–¿Qué? ¿Se celebra por fin el domingo la cena en honor de esa «diva»? –preguntó, cogiéndole del brazo.