Ana Karenina

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–Sin falta. Voy a hacer la lista de los asistentes. ¿Conociste ayer a mi amigo Levin? –interrogó Esteban Arkadievich.

–Desde luego. Pero se fue muy pronto, no sé por qué…

–Es un muchacho muy simpático –continuó Oblonsky–. ¿Qué te parece?

–No sé –repuso Vronsky–. En todos los de Moscú, excepto en ti –bromeó–, hallo cierta brusquedad… Siempre están enojados, sublevados contra no sé qué. Parece como si quisieran expresar algún resentimiento…

–¡Toma, pues es verdad! –exclamó Oblonsky, riendo alegremente.

–¿Llegará pronto el tren? –preguntó Vronsky a un empleado.

–Ya ha salido de la última estación –contestó el hombre.

Se notaba la aproximación del convoy por el ir y venir de los mozos, la aparición de gendarmes y empleados, el movimiento de los que esperaban a los viajeros. Entre nubes de helado vapor se distinguían las figuras de los ferroviarios, con sus toscos abrigos de piel y sus botas de fieltro, discurriendo entre las vías. A lo lejos se oía el silbido de una locomotora y se percibía una pesada trepidación.


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