Ana Karenina

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–Son ricos, pero sólo nos dieron tres medidas de avena… Los caballos se la habían comido ya antes de que despertaran los gallos. ¡Claro! Con tres medidas no hay para nada… Hoy día, la avena la venden los guardas por cuarenta y cinco copecks solamente. En nuestra casa, a los que vienen de fuera les damos tanta avena cuanta quieren comer los caballos…

–Es un señor muy avaro –comentó el encargado.

–¿Y sus caballos, te gustaron? –preguntó Dolly.

–Los caballos, a decir verdad, son buenos… Y la comida no es mala… Pero, no sé por qué, me pareció todo muy triste, Daria Alejandrovna… No sé cómo le habrá parecido a usted… –dijo, volviendo a aquélla su rostro bonachón.

–A mí también… ¿Qué, llegaremos para la noche?… Tenemos que llegar.

Al entrar en casa y habiendo encontrado a todos completamente bien y particularmente afectuosos y alegres, Daria Alejandrovna, con gran animación, contó todo su viaje: lo bien que la habían recibido; el lujo y buen gusto de la vida de los Vronsky; sus diversiones… Y no dejó que hiciera nadie la menor observación contra ellos.


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