Ana Karenina

Ana Karenina

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Vronsky sabía que cuando ella se encerraba en sí misma de aquel modo, era señal de que había tomado alguna importante resolución y no quería que le descubriesen lo que meditaba. Temía, pues, que ahora se encontrase en este caso; pero deseaba de tal modo evitar una escena de enojosas explicaciones, que fingió creer, y en parte lo creía sinceramente, que ella le había comprendido.

–Espero que no te aburras– le dijo.

–Eso espero yo –dijo Ana–. Ayer recibí una caja de libros de Gottier. No me aburriré.

–«¿Quiere adoptar ese tono? Tanto mejor», pensó Vronsky. «Si no, siempre estaríamos con las mismas historias.»

Vronsky, se marchó, pues, a Kachin sin hablar con Ana. Era la primera vez, desde que habían comenzado sus relaciones, que esto sucedía, pero, aunque le inquietaba y le dolía, en el fondo Vronsky se dijo que, a pesar de todo, era lo mejor.

«Al principio será como ahora» , pensaba. «Algo indefinido, vago; luego, ella se acostumbrará. De todos modos, puedo dárselo todo, pero no mi independencia de hombre.»

 

 


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