Ana Karenina
Ana Karenina Llevaba ya seis dÃas en aquella provincia asistiendo diariamente a la reunión a intentando a la vez arreglar los asuntos de su hermana, que no se enderezaban, sin embargo, de ningún modo. Los representantes de la Nobleza estaban todos muy ocupados en las elecciones y resultaba imposible arreglar un asunto por sencillo que fuese como aquel que gestionaba Levin, que dependÃa del tutelaje. Y para el otro asunto –la indemnización– encontraba también obstáculos. Tras prolongadas gestiones, consiguióse hallar la solución, y estaba ya el dinero preparado, pero el notario, aunque hombre muy amable y servicial, no pudo entregar el talón porque necesitaba la firma del presidente, el cual se hallaba en las sesiones de las elecciones y no habÃa otorgado poderes a nadie.
Todas estas gestiones, el ir de aquà para allá, el hablar con hombres muy amables, que comprendÃan lo desagradable de la posición del solicitante pero no podÃan ayudarle, todo esto, que no daba resultado alguno, producÃa en Levin un sentimiento penoso, parecido al fastidioso estado de debilidad que se siente cuando se quiere emplear la fuerza corporal en un sueño. Lo habÃa experimentado con frecuencia, mientras hablaba con el abogado, el hombre más bondadoso que pudiera hallarse, el cual hacÃa todo lo posible a imaginable, sin omitir ningún medio que pudiera sacar a Levin del apuro.
–Pruebe esto –decÃa–. Vaya a tal parte.