Ana Karenina
Ana Karenina Y formulaba un plan tan completo como era posible para salvar el obstáculo fatal que se oponÃa a la solución. Pero en seguida añadÃa:
–No creo, sin embargo, que consiga nada, pero pruebe.
Y Levin probaba, iba allà donde le indicaba. Todos eran buenos y amables, pero resultaba que aquel obstáculo, que querÃa evitar, se levantaba de nuevo desbaratándolo todo.
Lo que sobre todo le molestaba, lo que no podÃa comprender de ningún modo era con quién estaba luchando, a quién aprovechaba que aquel asunto no se ultimase. ParceÃa que nadie, ni siquiera su mismo abogado, lo supiera. Si Levin hubiera podido comprenderlo, como comprendÃa, por ejemplo, que para llegar a la ventanilla de la estación de ferrocarril es preciso esperar turno, no se habrÃa sentido tan molesto y enojado. Pero nadie sabÃa o no querÃa explicarle por qué existÃan aquellas dificultades que tanta contrariedad le producÃan.
No obstante, Levin, desde su casamiento, habÃa cambiado mucho de carácter; era paciente, y si no comprendÃa por qué todo estaba arreglado de aquel modo, se decÃa con toda tranquilidad que, sin saberlo todo, no se podÃa juzgar, y que, probablemente, serÃa, sin duda, necesario que fuera asÃ. Y procuraba no indignarse.