Ana Karenina
Ana Karenina
Sviajsky cogió por el brazo a Levin y le llevó a su grupo. Ahora Levin ya no podia rehuir a Vronsky, el cual estaba con Esteban Arkadievich y Sergio Ivanovich y le miraba directamente mientras se aproximaba a ellos.
–Mucho gusto. Me parece que tuve el placer de encontrarle en la casa de la princess Scherbazky –dijo Vronsky dándole la mano.
–¡Oh, sí! Me acuerdo muy bien de nuestro encuentro ––contestó Levin enrojeciendo.
Y en seguida se volvió a su hermano y se puso a hablar con él.
Con ligera sonrisa, Vronsky continuó hablando con Sviajsky, evidentemente sin ningún deseo de proseguir la conversación con Levin; pero éste, mientras charlaba con su hermano, no dejaba de observar a Vronsky con propósito de decide algo y reparar, con esto, su brusquedad.
–¿Y de qué se trata ahora? –dijo mirando a Vronsky y a Sviajsky.
–De Snetkov: de si se decide o se niega a presentar su candidatura.
–¿Y él está conforme o no?
–Es, precisamente, esto: que no dice que sí ni que no –repuso Vronsky.
