Ana Karenina

Ana Karenina

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Levin se olvidó completamente de estas palabras. Sólo recordó ahora que allí se decidía una cuestión muy delicada, pero no quería averiguar en qué consistía. De pronto, se sintió triste y tuvo deseos de huir de toda aquella gente. Ya que no se le prestaba atención y nadie le necesitaba, se dirigió, procurando pasar inadvertido, a la sala pequeña en que se tomaban los bocadillos. Y cuando vio a los criados, se sintió aliviado. El más anciano de ellos le ofreció algo de comer y él aceptó.

Comió croquetas con alubias y, después de charlar con el lacayo, que le habló de los señores a quienes servía, Levin, no queriendo entrar de nuevo en la sala, donde se sentía tan a disgusto, se dirigió a las tribunas con la intención de ver qué sucedía allí.

Las tribunas estaban llenas de damas muy compuestas, adornadas con ricos vestidos, las cuales se inclinaban sobre las balaustradas y, con gran interés, procuraban no perder ni una palabra de lo que se hablaba abajo, en la sala. Al lado de las señoras estaban, sentados o de pie, profesores de colegios, con sus clásicas levitas, y oficiales.

En todas partes hablaban de las elecciones, de que el Presidente estaba cansado y de la rnarcha de los debates.

En un grupo, Levin oyó alabar a su hermano. Una señora decía a un abogado:


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