Ana Karenina

Ana Karenina

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Sin embargo, a pesar de todo, estaba contenta por haberle escrito. Él se sentía molesto, renunciaría de mala gana a su libertad para volver a su lado, pero, al fin y al cabo, volvería, que es lo que Ana ansiaba con toda el alma, porque de este modo lo tendría con ella, le vería, podría seguir cada uno de sus movimientos…

Estaba sentada en el salón y, a la luz de la lámpara, leía un nuevo libro de Taine, con el oído atento a los ruidos del exterior, donde soplaba un fuerte viento, esperando a cada punto la llegada del coche. Repetidas veces le había parecido oír el ruido de las ruedas, pero era siempre un engaño; hasta que, al fin, no sólo oyó el ruido de las ruedas, sino también las exclamaciones del cochero y el traqueteo del carruaje, que se detuvo en la entrada cubierta delante de la casa. Hasta la princesa Bárbara, que disponía su solitario, lo afirmó.

Ana, con el rostro encendido por la emoción, se levantó para dirigirse a su encuentro, como otras veces cuando regresaba Vronsky de viaje, pero, antes de llegar a la puerta, se detuvo y permaneció en la misma habitación.



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