Ana Karenina

Ana Karenina

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De repente se sintió avergonzada de su engaño y, más que nada, temerosa, pensando en qué forma le recibiría. Todos sus temores se le habían desvanecido y ya no temía sino el descontento de Vronsky. Recordó que la hija llevaba ya dos días completamente bien y hasta se sintió irritada contra ella de que se hubiera restablecido precisamente cuando había mandado la carta anunciando que se hallaba gravemente enferma.

Al recordar, sin embargo, que él estaba allí, él, con sus brazos, con sus ojos, se olvidó de todo, y al oír su voz corrió a su encuentro alegre, inundada de felicidad.

–¿Y Any? ¿Cómo está? –le preguntó Vronsky, desde abajo, con temor, viendo a Ana que bajaba corriendo las escaleras a su encuentro.

Él estaba sentado en una silla mientras el lacayo le sacaba sus botas forradas.

–Está mejor.

–¿Y tú? –le preguntó él, sacudiéndose el traje.

Ana, con ambas manos, tomó una de las de Vronsky, la pasó por su espalda para que el brazo de él le rodeara el talle y, estrechados así, le miró fijamente, embelesada.

–Bueno, estoy contento –le dijo Vronsky, examinando fríamente su peinado, el vestido, sus adornos, que sabía que se había puesto para él.


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