Ana Karenina
Ana Karenina Aquellas atenciones le placÃan; pero, ¡lo habÃa visto todo tantas veces!
Y la expresión severa, como de piedra, aquella expresión que Ana temÃa tanto, se fijó en el rostro de Vronsky.
–Estoy contento –repitió–. ¿Y tú estás bien? –le preguntó, y, después de secarse con el pañuelo su barba mojada, le besó la mano.
«Es igual», pensaba Ana; «lo que yo querÃa era que estuviera él aquÃ, porque cuando está aquà no se atreve, no puede no amarme».
El resto de la velada transcurrió animado y alegre, con la presencia también de Bárbara, la cual se lamentó de que, en ausencia de él, Ana tomara morfina.
–¿Qué queréis que haga? No podÃa dormir. Me estorbaban los pensamientos. Cuando él está aquÃ, no la tomo nunca… Casi nunca…
Vronsky contó los diversos episodios de las elecciones, y con sus preguntas, Ana supo llevarle a lo que más le gustaba: a hablar de sus éxitos.
Ella le refirió, por su parte, cuanto de interesante habÃa sucedido en la casa, y sus noticias fueron todas felices y alegres.
Pero cuando, ya tarde, los dos quedaron solos, al ver que de nuevo le tenÃa a su lado, Ana quiso borrar la mala impresión de su carta y le preguntó: