Ana Karenina
Ana Karenina –Confiesa que el recibir mi carta te fue desagradable. ¿Me has creÃdo o no?
Apenas lo hubo dicho, comprendió que por grande que fuese su cariño, Vronsky no se lo perdonaba.
–SÃ, la carta era muy extraña. Me decÃas que Any estaba grave y que querÃas venir tú en persona…
–Las dos cosas eran verdad.
–No lo dudo.
–No; sà lo dudas… Veo que estás descontento.
–En modo alguno. Lo que me contrarÃa es que no quieras comprender que uno tiene obligaciones…
–¿Es obligación ir al concierto?
–Bueno, no hablemos más de esto…
–¿Y por qué no hablar? –insistió Ana,
–Sólo quiero decir que se presentarán deberes imperiosos… Ahora mismo, muy pronto, tendré que ir a Moscú por los asuntos de la casa… Ana, ¿por qué te irritas? ¿No sabes que no puedo vivir sin ti?
–Si es asÃ… –, dijo Ana, cambiando súbitamente de tono–. Si vienes aquÃ, estás un dÃa y luego te marchas de nuevo, si estás cansado de esta vida…
–Ana, eres cruel. Ya sabes que estoy pronto a sacrificarlo todo, hasta mi vida…
Pero ella no le escuchaba.