Ana Karenina

Ana Karenina

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Todos aquellos a quienes ameba estaban a su lado, y todos eran buenos con ella, la cuidaban con tan tiernas solicitudes y se lo hacían todo tan agradable, que a no saber que todo debía terminar muy pronto, Kitty no habría deseado vide mejor y más agradable. Sólo una cosa le enturbiaba el encanto de aquella vide: que su marido no fuese como ella le quería, que hubiese cambiado tanto.

A Kitty le agradaba el tono tranquilo, cariñoso y acogedor con que se mostraba siempre en la finca. En la ciudad, en cambio, parecía estar siempre inquieto y preocupado, temiendo que alguien pudiera ofenderle o –y esto era lo principal– ofenderla a ella.

Allí, en el campo, sintiéndose en su lugar, jamás se precipitaba y no se le veía nunca preocupado. En cambio, aquí andaba siempre apresurado, como temiendo no tener nunca tiempo de hacer lo que llevara entre manos, aunque casi nunca tuviera nada que hacer.

A Kitty le parecía casi un extraño, y la transformación que se había operado en su marido despertaba en ella un sentimiento de piedad.



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