Ana Karenina
Ana Karenina Nadie sino ella experimentaba, sin embargo, este sentimiento, pues no había nada en la persona de él que excitara la compasión, y cada vez que en sociedad había querido Kitty conocer la impresión que producía Levin en los demás, pudo ver, casi con un sentimiento de celos, que no sólo no producía lástima, sino que, por su honradez, por su tímida cortesía, algo anticuada, con las mujeres, su recia figura y su rostro expresivo, se atraía la simpatía general.
No obstante, como había adquirido el hábito de leer en su alma, estaba convencida de que el Levin que veía ante ella no era el verdadero Levin.
A veces, en su interior, Kitty le reprochaba el no saber adaptarse a la vida de la ciudad; pero, también, a veces, se confesaba a sí misma que le sería muy difícil ordenar su vida en la ciudad de tal forma que la satisficiera a ella.