Ana Karenina
Ana Karenina En realidad, ¿qué podía hacer? No le gustaba jugar a las cartas. No iba a ningún círculo. ¿Tener amistad con los hombres alegres, ser una especie de Oblonsky? Kitty sabía ahora que aquello significaba beber y luego, una vez bebidos, ir Dios sabía adónde. Y ella nunca había podido pensar sin horror en los lugares a donde debían ir los hombres en tales ocasiones. Tampoco el « gran mundo» le atraía. Para atraerle habría debido frecuentar el trato de mujeres jóvenes y bellas, cosa que a Kitty no podía en modo alguno gustarle. ¿Quedarse en casa con ella, con su madre y sus hermanas? Pero por muy agradables y divertidas que fueran para ella estas conversaciones de Alin y Nadin, como llamaba el viejo Príncipe a tales charlas entre hermanos, Kitty sabía que a su esposo le habían de aburrir. ¿Qué debía, pues, hacer? Al principio iba a la biblioteca para tomar apuntes y anotaciones, pero, como él confesaba, cuanto menos hacía, tanto menos tiempo tenía libre, y además, se quejaba de que, habiendo hablado de su libro demasiado, ahora tenía una gran confusión de pensamientos y hasta había perdido para él todo interés.
Esta vida en Moscú tenía, sin embargo, una ventaja: aquí no se suscitaba entre ellos ninguna discusión.