Ana Karenina
Ana Karenina Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante.
–Y bien, Mateo, ¿qué te parece? –dijo moviendo la cabeza.
–Todo se arreglará, señor –opinó optimista el ayuda de cámara.
–¿Lo crees as�
–SÃ, señor.
–¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? –agregó el PrÃncipe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda.
–Yo, señor –repuso una voz firme y agradable.
Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matrecha Filimonovna.
–¿Qué hay, Matrecha? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta.
Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa, incluso Matrecha, la más Ãntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte.
–¿Qué hay? –repitió el PrÃncipe, con tristeza.