Ana Karenina
Ana Karenina –Vaya usted a verla, señor, pÃdale perdón otra vez… ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho y da lástima de mirar.. Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de los niños. PÃdale perdón, señor.. ¡Qué quiere usted! Al fin y al cabo no harÃa mas que pagar sus culpas. Vaya a verla…
–No me recibirá…
–Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios…
–En fin, iré… –dijo Esteban Arkadievich, poniéndose encarnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo–: Ayúdame a vestirme.
Mateo, que tenÃa ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo invisible y la ajustó al cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción.