Ana Karenina

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–Eso sí; quisiera que fuesen mejores que yo. Es todo lo que deseo. Usted no se figura el trabajo que dan chicos como los míos, que por nuestra forma de vivir, casi siempre en el extranjero, estaban tan atrasados en sus estudios.

–Ya adelantarán. Son muchachos despiertos a inteligentes. Lo principal es la educación moral, y en este aspecto he aprendido mucho viendo a sus hijos.

–Usted dice «la educación moral»… Es imposible imaginar hasta qué punto es difícil eso. Apenas ha salvado usted una parte, se enfrenta con otra y de nuevo comienza la lucha. Si no fuera por el apoyo de la religión (se acordará usted de lo que hablamos sobre este asunto), ningún padre podría, con sus medios solamente, llevar adelante la educación de sus hijos.

Esta conversación, que interesaba siempre a Levin, fue interrumpida por la bella Natalia Alejandrovna, que entraba vestida ya para ir al concierto.

–No sabía que estuviese usted aquí –dijo desviando aquella conversación tan repetida y aburrida para ella. ¿Y cómo está Kitty? Hoy como en casa de ustedes –dijo a Levin–. ¿Lo sabías, Arseny? Tú tomarás el coche… –se dirigió a su marido.


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