Ana Karenina
Ana Karenina –Repito que es asÃ, y ahora me doy cuenta de mi escasa cultura. Hasta para enseñar a mis niños tengo que refrescar frecuentemente mi memoria y aun a veces repasar mis estudios. Porque, para educar a los hijos, no basta procurarles maestros; hay que ponerles también observadores, tal como en su propiedad tiene usted obreros y capataces. Ahora estoy leyendo esto –Lvov indicó la gramática de Buslaev que, por ejemplo, tenÃa sobre el pupitre–. Se lo exigen a Michka y es tan difÃcil… ¿Quiere usted explicarme qué es lo que dice aquÃ?
Levin le objetó que se trataba de materias que debÃan ser aprendidas sin intentar profundizar en ellas, pero Lvov no se dejó convencer.
–Usted se rÃe de mÃ…
–Al contrario. Usted me sirve de ejemplo para tu porvenir y, viéndole, aprendo a pensar en lo que habré de hacer cuando tenga que encargarme de la educación de mis hijos.
–Poco podrá usted aprender de mÃ.
–Sólo puedo decirle una cosa: no he visto niños mejor educados que los suyos y no quisiera más sino que los mÃos lo fueran como ellos.
Lvov quiso contenerse para no expresar la satisfacción que le causaban aquellas palabras, pero su rostro se iluminó con una sonrisa.